Disonancias virales (II) | Música inesperada


Durante los días posteriores a la Navidad de 1941, Shostakovich termina la Sinfonía Leningrado, la que supondrá su consagración a nivel mundial como compositor. Hace tan sólo tres meses que junto a su familia reside en Kuibychev (actualmente denominada Samara) tras ser evacuado de Leningrado, donde ejercía como asistente musical del teatro en una ciudad asediada y bombardeada por el ejército alemán pero que trataba de mantener el pulso cultural ante la catástrofe general. 

La situación en la capital báltica empeoró tanto durante el mes de septiembre de ese año que inicialmente Dmitri rechaza ser evacuado para enrolarse como bombero y ayudar a contener los numerosas incendios que provocan las bombas enemigas. Son días difíciles para los habitantes que deben racionar los alimentos ante el aislamiento casi total de la urbe. Algunos comienzan a comer animales domésticos y a cocinar sopas con ramas de árboles y otros objetos domésticos, llegando a fabricarse toneladas de salchichas hechas de ingredientes como cuerdas de violín, lino y aceite industrial. Las autoridades prohiben el almacenamiento de alimentos en las despensas particulares bajo pena de muerte pero nadie intuye que este estricto racionamiento perduraría cuatro años.

A pesar de los incendios y del estruendo de las explosiones, Dmitri trabaja en la obra musical que comenzó en julio de 1941. Finalmente, las autoridades soviéticas evacúa a la familia Shostakovich y el compositor deja Leningrado dedicando la que será su Séptima sinfonía al asedio que sufre una ciudad asolada por la guerra, la hambruna, la desnutrición y la congelación.

Completada la partitura en Kuibychev, estrena la sinfonía en esta localidad el día 5 de marzo de 1942, con la consiguiente decepción de sus paisanos de su ciudad natal, a los que les había dedicado la composición. Por ello, la Orquesta del Comité de la Radio de Leningrado comienza a preparar las particellas de cada instrumento con el fin de interpretarla allí, pero esta agrupación está diezmada de efectivos y hay que reclutar músicos de todas partes hasta completar los ochenta atriles. La preparación del concierto en la capital del Báltico se complica por la avanzada edad de casi todos los componentes de la orquesta al haber enviado a los jóvenes al frente. Las escasas incorporaciones que se reclaman del ejército, vienen tan hambrientos y debilitados que sólo aguantan ensayos de veinte minutos de duración. Con el paso de los días, las sesiones de preparación de la orquesta se incrementan y finalmente la Séptima sinfonía se estrena en Leningrado el 9 de agosto de 1942, tan sólo veinte días después de su presentación en Nueva York bajo la batuta de Toscanini.

Mucho se ha dicho de los motivos que llevan al compositor soviético a escribir la Sinfonía Leningrado en el verano de 1941. Por un lado, se dice que lo hace como reacción a las purgas estalinianas que tanto le afectan, pero por otro, dado que en unas semanas se produce el asedio de las tropas alemanas, se cree que la composición es un símbolo de la resistencia al nazismo y recibe el sobrenombre de sinfonía de guerra. Pero posiblemente, como dijo el clarinetista Viktor Kozlov, “la Séptima sinfonía desempeñó un importante papel en el levantamiento del ánimo del pueblo de Leningrado durante el bloqueo de la ciudad […], pero no tuvo nada que ver con los políticos ni con los comunistas. Compuso su música según la sentía y como pensaba que debía ser.”

Ideada para una gran orquesta de cuerda con trío de flautas, oboes y fagotes, cuatro clarinetes, ocho trompas y los mismos trombones, una tuba, dos arpas y una nutrida percusión, se compone de cuatro movimientos y tiene una duración total de ochenta minutos aproximadamente.

El primer movimiento, Allegretto, comienza con un agradable tema épico que expresa el pulso vital y la felicidad del pueblo ruso. A continuación, aparece otra idea más íntima y lírica, a modo de nocturno donde tienen mucho protagonismo los instrumentos de tonalidad aguda y que transmite sensaciones apacibles de ternura. Poco a poco, escuchamos un redoble de tambor que viene de la nada para constituir una marcha que se repite hasta doce veces y toma todo el protagonismo. Es el llamado tema de la invasión, que se repite once veces más y aumenta de intensidad hasta que la sensación de destrucción y crueldad se impone frente a las apariciones de los dos primeros temas. El primero de ellos adquiere esta vez un carácter fúnebre, mientras que el nocturno, que al principio de la obra expresa ternura, se transforma en un lamento oscuro y tenebroso antes de sucumbir al poder destructivo del tambor. Es la forma con la que Shostakovich muestra la tiranía y el terror, capaz de acabar con todo, a pesar de las tímidas reacciones del pueblo.

(continuará).

 

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